martes, diciembre 27, 2005

Amores y odios hacia la Navidad.

Existen, sin duda. Muchas de las personas que conozco se polarizan más o menos con respecto a las fiestas navideñas, cada uno con sus razones. Algunas incluso dicen que les da igual, que para ellos la diferencia es que hace más frío, que ponen lucecitas en las calles y que los comercios están hasta arriba. Yo, como fiel miembro de este rebaño, no voy a ser menos: a mí me gusta la Navidad.

De pequeño pensaba que la navidad era algo maravilloso; esto por varias razones: por los regalos (benditos regalos, todos envueltos en preciosos papeles de colores), por el árbol lleno de bolas y guirnaldas, por el belén que solíamos montar en casa, con sus figuras espolvoreadas con spray blanco como si fuese nieve y su río de papel de plata en el que se reflejan. Pensaba que lo era por la visita del Rey Baltasar (mi padre que, disfrazado con una toga y un turbante, entraba en la penumbra y con voz profunda nos perguntaba a mi hermana y a mí si habíamos sido buenos), por las vacaciones del colegio, por ver en la tele Disneylandia (¿os acordais de ese entrañable especial de navidad de Walt Disney?) o por el turrón.

Conforme he ido creciendo he ido viendo que ese sentimiento volvía un año y otro y otro, a pesar de que el número de regalos se ha ido reduciento, de que en mi casa ya no hay árbol ni belén, de que Baltasar ya no viene a visitarme la noche del día seis de Enero, de que ya no tengo tantas vacaciones como antes, de que el 1880 sigue siendo el turrón más caro pero ya no es el mejor ni de lejos, y de que ya no tengo televisión en la que ver Disneylandia.

El otro día me preguntaba sobre esto mientras hablaba sobre la navidad con unos compañeros del curro. Y creo que, a pesar de que todo haya cambiado, los regalos, la tele, toda la parafernalia que acompaña a estas fiestas, hay una cosa que no ha cambiado: la ilusión.

Sí, para mí la navidad es un tiempo de ilusión y de esperanza. Se revive en mí cada año espectante, llameante y viva. Sin cargas religiosas ni morales de ningún tipo, sin caros trajes ni joyas ni teléfono movil, sino desnuda y bella como es, como una dulce hada que me hace sentir niño de nuevo, así viene la navidad para mí. Hasta el nombre me parece hermoso: Navidad.

Y así, sin paranoias mentales ni sesudas elucubraciones para tratar de explicar esto, termino este post. No tiene explicación ni razones, o si las tiene no me importan lo más mínimo. Dicho queda.

Feliz Navidad, amigos míos.

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